Dónde ocurrió
El Atlas
La cultura hacker no apareció en todas partes a la vez. Brotó en un puñado de lugares (garajes, laboratorios universitarios, casas okupas y listas de correo), cada uno con su propia temperatura. Este es el mapa de aquellas salas.
Pasa el cursor sobre un marcador para nombrarlo. Toca una región para leer su historia.
Las cuatro escenas
Cuatro lugares hicieron la mayor parte de la labor de dar forma. Esto es lo que aportó cada uno, y las exposiciones que salieron de él.
El garaje y el cypherpunk
El Área de la Bahía
Desde los garajes de Menlo Park hasta los laboratorios de Berkeley, el Área de la Bahía de San Francisco convirtió la curiosidad en una industria, y luego en una política. El Homebrew Computer Club pasaba esquemas de mano en mano como samizdat; los phone phreaks construían blue boxes; una generación más tarde, las mismas colinas produjeron a los cypherpunks, la Electronic Frontier Foundation y The WELL. Es el lugar donde el «porque es divertido» creció hasta convertirse en «porque es libre».
El tiempo compartido y el underground en red
Los laboratorios de la Costa Este
En el MIT la palabra «hacker» fue acuñada por gente que pasaba la noche en vela con máquinas compartidas y una ética implacable de apertura: ¡Spacewar!, el Jargon File y el Manifiesto GNU de Richard Stallman se remontan todos hasta aquí. Bajando por la costa, la misma red que conectaba los laboratorios transportó el underground: las reuniones de 2600, el Gusano de Morris y el primer ajuste de cuentas con lo que una máquina conectada podía hacer.
Kits, fanzines y cripto de frontera
El Heartland y el Suroeste
Lejos de las costas, la cultura hacker llegó por correo y por módem. El Altair 8800 se enviaba desde Albuquerque y puso una computadora sobre la mesa de la cocina; Phrack y El Manifiesto Hacker difundieron la voz del underground desde el centro del país; y en Boulder, Phil Zimmermann le dio al mundo un cifrado fuerte que se suponía que no debía tener.
El hacking cívico y el núcleo abierto
La escena europea
Europa le dio al hacking una conciencia cívica y un procomún global. El Chaos Computer Club en Alemania convirtió el hacking en una voz pública reconocida; la demoscene transformó el cracking en una forma de arte por toda Escandinavia y el continente; en Helsinki un estudiante llamado Linus Torvalds publicó un núcleo sobre el que el mundo entero construiría; y en un pueblo de las colinas de Italia, Aaron Swartz escribió el manifiesto del acceso abierto.