El Altair 8800
Una caja metálica vendida por correo, con interruptores y luces parpadeantes, que convenció a miles de que podían poseer una computadora.

El objeto
El Altair 8800, fabricado por Micro Instrumentation and Telemetry Systems (MITS) de Albuquerque, Nuevo México, llegó al público en la portada de Popular Electronics de enero de 1975, bajo el titular «World's First Minicomputer Kit to Rival Commercial Models». Era un kit: un chasis de acero y aluminio, un microprocesador Intel 8080 a 2 MHz, una hilera de interruptores en el frente para introducir instrucciones binarias y LED rojos para leer los resultados. La máquina básica costaba 439 dólares en kit (se prometía un precio de unos 397 dólares ya montada, rara vez entregada a tiempo), frente a los miles de dólares que costaba entonces una minicomputadora como la DEC PDP-8. Venía con 256 bytes de memoria, sin teclado, sin pantalla, sin software. Para hacerle hacer cualquier cosa, se introducían los programas bit a bit con los interruptores. Por cualquier medida práctica, era inútil. Y lo cambió todo.
El fundador de MITS, Ed Roberts, antiguo ingeniero de la Fuerza Aérea cuyo negocio de calculadoras había sido aplastado por Texas Instruments, apostó la empresa a esta máquina. Esperaba vender quizá unos cientos para llegar al equilibrio. A las pocas semanas de que la revista llegara a los quioscos, MITS había recibido miles de pedidos y estaba insolvente al revés, ahogada no por las deudas, sino por cheques que no podía atender con suficiente rapidez.
Una caja que inició una industria
La importancia del Altair no era lo que hacía sino lo que demostraba: que un individuo, no una institución, podía poseer una computadora. El diluvio de pedidos sepultó a MITS, y un retraso de meses se volvió normal. Los aficionados que lo compraron tuvieron que inventar el resto, y lo hicieron. El bus abierto del Altair, pronto estandarizado por la industria como el bus S-100, permitió a terceros construir placas de memoria, tarjetas de interfaz y periféricos que MITS nunca fabricó, sembrando toda una economía de componentes.
Dos estudiantes de Harvard, Paul Allen y Bill Gates, leyeron la portada de Popular Electronics y llamaron a Roberts afirmando tener un intérprete de BASIC para el 8080. Aún no lo tenían; lo escribieron en un emulador de PDP-10 en unas pocas semanas intensas, y Allen lo depuraba todavía en el avión hacia Albuquerque. El Altair BASIC funcionó en la primera demostración en directo, y la sociedad que ambos formaron para venderlo, llamada al principio Micro-Soft, se convirtió en Microsoft. En la costa oeste, el Homebrew Computer Club se reunió en Menlo Park en marzo de 1975 en parte para decidir qué hacer con estas máquinas; entre sus miembros estaba Steve Wozniak, que pronto diseñaría la Apple I.
Por qué importa
El Altair convirtió la promesa abstracta de la informática personal en soldadura, interruptores y una dirección postal. Es la semilla física de la revolución de la computadora doméstica: ni elegante, ni terminada, pero real y tuya. La primera World Altair Computer Convention, en Albuquerque en 1976, reunió a cientos de devotos de una máquina de apenas un año. Todo en el ala de informática personal de este museo desciende del momento en que un aficionado accionó sus interruptores y vio responder a las luces.
La lección que liberó
Una herramienta no necesita estar pulida para ser revolucionaria; necesita ser accesible. El Altair apenas era un producto, pero era un permiso. Le dijo a una generación que la computadora ya no era algo que se visitaba en una sala climatizada tras un cristal: era algo que se podía construir, poseer y doblegar a la propia voluntad. El propio MITS no perduró; Roberts vendió la empresa a Pertec en 1977, después estudió medicina y se hizo médico rural en Georgia. La máquina sobrevivió a su creador como idea, la única forma en que las máquinas perduran de verdad.
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