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ComunidadClub de hackers· 1981

El Chaos Computer Club

Un club de hackers alemán que convirtió el cacharreo en ciudadanía y reescribió la ética hacker en un lenguaje político claro.

3 min de lectura595 palabras
Crowd and installations at the 37th Chaos Communication Congress (37c3) in Hamburg
Imagen: TheDigitalRoadtrip · CC BY 4.0

El objeto

El Chaos Computer Club (CCC) fue fundado el 12 de septiembre de 1981 en una mesa de las oficinas del diario berlinés de izquierdas die tageszeitung, con el periodista y activista Wau Holland (Herwart Holland-Moritz) como voz central. El aviso de fundación apareció en el periódico bajo el título Tuwat.txt, invitando a los lectores a una reunión de «computer freaks». No es ni un dispositivo ni un texto sino una institución, la asociación de hackers más antigua y más grande de Europa, con miles de miembros repartidos en docenas de grupos locales, a partes iguales taller técnico, grupo de presión por las libertades civiles, y conciencia. Desde 1984, su Chaos Communication Congress anual, celebrado en los días entre Navidad y Año Nuevo, ha crecido hasta convertirse en uno de los mayores encuentros de hackers del mundo, atrayendo en los últimos años a bastante más de diez mil asistentes.

El Btx-Hack

En noviembre de 1984, miembros del CCC explotaron un fallo en Bildschirmtext (Btx), el servicio en línea de videotexto operado por el servicio postal federal de Alemania Occidental, la Bundespost, que lo había promocionado como seguro. Holland y Steffen Wernéry hicieron que la propia página Btx de la caja de ahorros Hamburger Sparkasse llamara repetidamente a una página de pago del CCC durante la noche, acumulando 134.694 DM en cargos a nombre del banco. Después convocaron a la prensa, devolvieron públicamente el dinero y exigieron que se corrigiera el fallo. El hack no fue un robo sino una puesta en escena: la demostración de que una institución que se proclamaba segura podía ser cortésmente desvalijada en una sola noche, y que la divulgación responsable necesitaba un escenario público para ser oída.

Por qué importa

Donde la tradición hacker estadounidense argumentaba desde la curiosidad individual (el Manifiesto Hacker, ¡Spacewar!), el CCC argumentaba desde la obligación cívica. Extendió la ética hacker de Steven Levy con dos exigencias que los estadounidenses habían dejado implícitas: proteger los datos privados, usar los datos públicos (öffentliche Daten nützen, private Daten schützen) y la informática puede cambiar tu vida para mejor. Décadas de jurisprudencia alemana sobre privacidad y derechos digitales llevan huellas del CCC, desde el derecho de las telecomunicaciones hasta los debates constitucionales sobre la vigilancia estatal. El club ha actuado en repetidas ocasiones como perito ante el Tribunal Constitucional Federal, y en 2011 su análisis de un troyano de la policía alemana, el Staatstrojaner, forzó un debate nacional sobre los límites del hackeo estatal.

El club también pagó el coste humano de esa postura. Algunos miembros vagamente afiliados (entre ellos Karl Koch y Markus Hess) derivaron hacia la red de espionaje de la Guerra Fría que vendió datos robados al KGB soviético, el caso que Clifford Stoll narró en The Cuckoo's Egg. Koch, que hackeaba bajo el nombre de «Hagbard Celine», fue hallado quemado en un bosque cerca de Celle en 1989, un aparente suicidio que cerró ese capítulo en penumbra. La respuesta del CCC, una ética más clara y una línea firme contra la cooperación con servicios de inteligencia y contra el hackeo con ánimo de lucro, pasó a formar parte de su identidad.

La lección que liberó

Una cultura hacker madura cuando deja de solo oponerse a las instituciones y empieza a construirlas. El CCC convirtió el hacking en una voz pública reconocida en una gran democracia: consultada por los tribunales, citada por los parlamentos, considerada digna de confianza por el público para auditar la maquinaria del Estado. El informe de fallo y la rueda de prensa se volvieron el mismo gesto.

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